Trabajadora Social UTEM contribuye a visibilizar la violencia de género en mujeres de la tercera edad

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21 Jul

Paula Sepúlveda Navarrete, Trabajadora Social de la Universidad Tecnológica Metropolitana, Doctora en Género, Identidad y Ciudadanía de la Universidad de Cádiz y académica de la misma institución, visitó la UTEM para compartir su experiencia en perspectivas de género universitaria y contribuir al desarrollo de estas en la Universidad.

A través de workshops con académicos y actividades con los estudiantes, la Doctora Sepúlveda busca compartir y crear experiencias que permitan reflejar el contexto universitario en materias de equidad y género, nutriéndolo con la realidad de la Casa de Estudios y el país en estos asuntos.

En este contexto, durante sus cinco semanas de visita en Chile, busca profundizar en sus investigaciones sobre la mujer y violencia, realizando un estudio de campo en casos de posibles víctimas pertenecientes a la tercera edad, que pudieron o no denunciar las agresiones; esto como extensión de su trabajo de doctorado sobre mujeres mayores de 60 años reconocidamente violentadas.

Además, al tanto de la campaña contra el acoso impulsada en la Universidad, la académica se refirió a la iniciativa y colaboró respondiendo a las principales inquietudes identificadas entre nuestros estudiantes.

¿Qué línea de investigación te encuentras desarrollando en el país?

Por una parte estoy realizando trabajo de campo, entrevistas con mujeres mayores para identificar si ha existido en su historia de vida, algún elemento de violencia y si ellas han reconocido ese elemento de violencia, de pareja específicamente.

Usualmente, en algún momento de nuestras vidas todas las mujeres hemos sufrido algún tipo de violencia, lo que se conoce como violencia estructural, pero yo, específicamente, estoy analizando la que ocurre en las relaciones de pareja o ex pareja. Estoy identificando si han sido víctima, si la han reconocido y si han realizado alguna acción o no.

Esto corresponde a una segunda parte de lo que hice durante mi tesis de doctorado, que fue estudiar esta misma violencia, pero en mujeres que ya habían denunciado o que habían pasado por un proceso reparatorio. Todas son mujeres, mayores de 60 años, que habían reconocido esta violencia, y que la estaban viviendo en ese momento o la habían vivido hasta meses previos a la entrevista.

¿Por qué trabajas con mujeres mayores de 60 años?

Lo que busco es demostrar que cumplir los 60 años no trae una varita mágica que acaba con la violencia, porque solemos tener conceptos sobre la edad, solo prejuicios, y los estereotipos que tenemos de las personas de tercera edad nos hacen pensar que los hombres ya no tienen tanta fuerza y por tanto no van a ejercer violencia o las mujeres son todas viudas o que mágicamente todas las personas de la tercera edad son maravillosas y buenas.

Pero las personas tienen sus historias de vida, y las historias no cambian, no se modifican mágicamente por llegar a esa edad. Y al revisar la prensa te das cuenta de que hay mujeres mayores que también mueren por causas de femicidio y a pesar de eso, no lo tenemos en nuestro imaginario. Nos imaginamos siempre a una mujer más joven, con niños.

¿Cómo logras visibilizar o conseguir que esas mujeres violentadas den su testimonio, considerando que desde la tercera edad se vive una normalización de la violencia a causa del contexto histórico?

Efectivamente, nos encontramos con mujeres que sufrieron violencia por 50 años y que sí hicieron acciones para revertir la situación, pero que no fueron escuchadas porque la policía no estaba sensibilizada, porque no existían medios, no habían políticas. Este es un problema que empieza a aparecer en los años 70, entonces estas mujeres pueden haber intentado hacer una acción, no es que se hayan quedado inmóviles, pero no tenían el apoyo de familia, amistades, porque la propia violencia aísla mujeres a través del control y la dominación.

La mujeres que entrevisté la vez anterior, que ya habían sufrido violencia, habían tenido un impacto bastante importante. Por un lado los hijos e hijas que ya eran adultos y ya habían pasado por un proceso de ver el contexto histórico y social en el que vivimos, son quienes motivaron a que estas mujeres, a esta edad, pudieran realizar alguna denuncia. En otros casos, ellas mismas se dieron cuenta a través de, por ejemplo, los medios de comunicación, de que debían denunciar. Entonces es variado.

En base a tu estudio sobre la violencia de la mujer desde los años 40 en el país ¿Cuáles son los principales factores que propician la violencia?

En la violencia que actualmente manifestaban las mujeres, hay distintos elementos marcados: primero por elementos personales; el modelo ecológico habla de que hay elementos personales, íntimos, que pueden tener un mayor impacto al momento de ser un factor de riesgo. También hay mujeres que identifican mucho más rápido la violencia y son capaces de pedir ayuda y de actuar mucho más rápido, pero si tiene una baja autoestima, si tiene inseguridades, si tienes una personalidad que es más dependiente, eso también impacta en la forma en que tú la percibes.

También existen otros elementos que apoyan estos factores de riesgo. Por ejemplo, muchas de las mujeres que yo entrevisté, son mujeres que habían migrado desde el sur o el norte de Chile, y durante estos procesos rompen con algunos elementos, con algunas restricciones de género de las normas y valores tradicionales porque se vienen solas, dejan a sus familias. Cuando comienzan a tener sus relaciones de pareja, están lejos de sus redes. Proceso migratorio muy similar a lo que se vive hoy en día, mujeres que migran solas y les significa mayor factor de riesgo frente a la violencia.

¿Cómo tratas el tabú que existe en torno a tocar el tema de la violencia en generaciones de mayor edad?

Ese es uno de los elementos que es muy importante. Dentro de las barreras que se reconocen, hay una parte que es el reconocer la violencia y actuar contra ella. Yo conocí muchas barreras en las historias de vida, pero a pesar de estas, esas mujeres fueron capaces de romper con estas barreras. Sin embargo, hay muchas otras que no las rompen.

La vergüenza, es otro factor muy importante en las mujeres mayores, y es una vergüenza a mostrarnos que su vida no es esta vida perfecta, no es esta vida de esta construcción social de la identidad femenina, lo que se define como “la mujer chilena”.

La mujer chilena es aperrada, una mujer que es la mejor madre, porque además tenemos la imagen de la virgen María y eso está en los discursos de todo tipo de políticos, está en los medios de comunicación, en las revistas que las mujeres leían. Entonces por sobre todo, la mujer chilena tiene que ser una buena madre, tiene que ser una dueña de casa y una buena esposa.

Otro de los elementos, es el temor a la soledad, porque a pesar de que pueden quedar viudas, eso es a futuro y no depende de ellas, en cambio separarse a esa edad, es quedar sola. También, el tema de que no nos crean es muy fuerte porque muchas veces estos hombres que han ejercido violencia lo hacen dentro del espacio de la relación de pareja, pero fuera muestran otra imagen.

Además, así como está la construcción de la buena mujer, está también la construcción del buen hombre. Un buen hombre es el que provee y son buenos padres como imagen proyectada.

Considerando que estas mujeres mayores criaron a lo que hoy son nuestras madres y a nosotros ¿Cómo logramos romper este círculo que se traspasa de generación en generación?

Uno de los elementos principales es reconocer que existe, si no reconocemos que existe, no vamos a poder modificarlo. Tenemos muchos elementos en contra, uno de los más poderosos hoy en día son los medios de comunicación, porque si bien podemos ver que existe un avance y no vamos a desconocer los avances que han existido, las nuevas generaciones tienen una falsa conciencia de igualdad.

En esta se percibe que yo puedo estudiar, puedo trabajar, estoy en una igualdad de condiciones; pero no se ven todos estos otros elementos de discriminación, como la brecha salarial o el acoso callejero. Esto demuestra que hay situaciones en las que hemos avanzado, pero todavía no existe la igualdad.

Tienes un nivel íntimo, interno, propio, de cosas tuyas, pero están los otros niveles, el nivel microsocial, exosistema y macro social y en el cual, en cada uno de esos, se siguen reproduciendo estos elementos que impiden romper el círculo.

Como universidad hemos estado desarrollando una campaña contra el acoso que busca erradicar esta práctica a través de la promoción del respeto y cuidado ¿Cómo evalúas las iniciativas que la UTEM está desarrollando respecto a estas temáticas?

Me parece muy necesario que se perciba que existe una necesidad y que se actúe respecto a esa necesidad, porque debemos tomarla y transformarla en algo útil. Empezamos por el sentir, por la sensación de que algo está pasando, pero para transformar esa percepción en una valoración y para tener claridad respecto de lo que está pasando, se necesita hacer un diagnóstico.

Frente a la campaña, existen respuestas reaccionarias donde se violenta y apabulla el papel de la mujer ¿A qué obedece que este tipo de actos se sigan vislumbrando en las actuales generaciones?

Yo creo que la construcción de la masculinidad es uno de los elementos fundamentales para esa resistencia y, además, hay que pensar que aunque no sean conscientes, para quien ha tenido una situación de poder, el perder esa situación de poder, es un choque. Perder el privilegio no es fácil y genera un choque, una resistencia muy importante.

Las mujeres hemos luchado por incorporarnos en ámbitos que nos estaban vedados, hemos luchado activamente para hacernos un espacio y eso ha significado que quien está al otro lado, haya tenido que perder.

A nosotras siempre nos han puesto restricciones incluso para protegernos de los hombres, pero no así a los hombres para comportarse con nosotras y los demás. Obviamente, al hablar estos temas, reconocemos que no todos los hombres son así, pero existe una hegemonía sobre lo que es ser el macho.

Tienen que darse cuenta de que van a perder estas facilidades, pero si fueran capaces de entrar en estos ámbitos, también hay muchas cosas que van a ganar. Van a ganar el no tener esta lucha interna de aceptación y autoafirmación con este súper macho que existe, no tendrían que estar en esta lucha de posicionamiento constante, ganarían muchas cosas.

¿Cómo definirías tú el acoso?

El acoso es una situación de poder. Es un acto en el cual alguien que está en una situación de poder, pasa a llevar los límites físicos o emocionales de otra persona, para obtener cierto beneficio, que puede ser intelectual, emocional o físico.

Tenemos que entender que el acoso tiene que ver con el consentimiento. No basta con que el consentimiento sea implícito, no basta con que yo no diga que no para que eso signifique que yo te estoy dando mi consentimiento. Tiene que ser explícito, yo te tengo que decir que sí para que esto no se considere acoso.

¿Por qué en las campañas de acoso se tiende a proteger a la mujer por sobre el hombre?

Si bien existen hombres que viven acoso, la mayoría del acoso lo viven las mujeres. Cuando se hace una ley, se hace porque se detecta que existe una necesidad, y obviamente esa necesidad tiene que ver con quién te necesita mayormente. Se prioriza a quien tiene una mayor necesidad, y en este caso, las mujeres tienen una mayor necesidad en términos de peso. Por lo tanto, se enfoca hacia un reconocimiento de quiénes están en una posición mayor de desventaja.

¿En qué tipo de manifestaciones podríamos encontrar expresiones de acoso en la comunidad universitaria?

En la universidad hay distintos ámbitos en los que se puede dar. Se puede dar a nivel de profesorado, entre profesorado, desde el acoso sexual o laboral, para conseguir un beneficio profesional. También puede darse a nivel de profesorado o alumnado a través de una visión de poder que es más fácil de reconocer.

Y también se puede dar entre los propios compañeras y compañeros; esta relación es la más difícil de detectar porque tiene que ver con la discriminación de género. No es tan palpable, tan fácil de ver. En estos casos lo que se debe tener presente es que no importa que no exista un no, lo importante es que exista un sí.

Respecto a la utilización de un lenguaje neutro, sin género ¿Consideras que estas acciones contribuyen a la construcción de equidad?

Hay mucho debate al respecto, partiendo por los propios lingüistas. Yo considero que puede facilitar una neutralización, el no otorgar lingüísticamente una característica a una persona.

Ahora, también hay que tener claro que si bien el lenguaje hablado construye realidad, no es el único que construye, también lo hace el lenguaje gráfico. Por ejemplo, la lengua inglesa no tiene diferencias de género en los cargos, sin embargo, se han hecho estudios con niños que asocian la palabra a un hombre por lo que han visto en películas, publicidad, etc. Entonces aunque no se presente género en el lenguaje hablado, igual está presente en el otro. No sirve solo modificar el hablado, también hay que modificar lo gráfico, debe ser un cambio integral.

¿A qué crees que obedece la percepción del machismo y feminismo como iguales?

Como iguales opuestos. Tiene que ver con el absoluto desconocimiento. Se piensa que el feminismo es la idea de hundir a los hombres, que las mujeres lo tengan todo. El feminazismo, por ejemplo, es impresionante cómo a nivel internacional se ha utilizado ese término asociado a genocidas, y se construye una imagen en torno al concepto, se transmite el discurso y se comienza a propagar.

Es un desconocimiento claro. El machismo está desde la cultura patriarcal que no solo los hombres lo comparten, las mujeres también, y se busca igualarlo por el temor a perder, “puedo perder, entonces mejor lo igualo”.

Autora: Daniela Bozo Villarroel

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